miércoles, 17 de marzo de 2010

Canto a Santa Catalina

Santa Catalina: cofre verde, libro abierto,
ábaco de la tierra, crisol de ideas,
telar de sueños, andamiaje del pasado.

Tu generosidad no se mide en varas, leguas
o billetes. No existe precio humano que valore tu
prolífica existencia de 200 años.
Ese bosque antiguo que no tiene anchura fija, sino
profundidad insondable yace al principio afuera,
pero de pronto se convierte en lo más interior de nosotros.
La primera espada te cortó en dos, y diste
tu monte espinoso a favor del viajero que iba al oeste.
La segunda hirió tu manantial moteado de juncos,
hermana menor de las perlas de la Cuenca que clama descanso.
Hasta te han hecho depositaria de la basura cotidiana,
del ácido industrial y de la indiferencia estéril que
nos embarga el futuro y nos quita el aliento.
A los ocho años de este siglo, mientras las
neblinas de marzo tallaban tu perfil áspero
de olmos, y el suelo recibía millares de hojas
húmedas, desde solemnes sillones cercanos
al ancho río soltaban a la fiera ávida de poder y desechos.
Tu hija mayor te vendió sin miramientos y
los ojos impávidos de los caminantes no creyeron
real tanta deshonra de quien se forjó entre tus molinos,
surcos y talas.
Tu hija menor gritó con firmeza, más luego
soltó el lazo de unión y se ocultó en su rincón seguro,
decidida tal vez a seguir sola, sin la suave mano graminosa.
Te convirtieron en botín fatuo de seres oscuros
que no han querido beber el lenguaje de tu foresta infinita,
ni respetar el designio innato de tus tierras.
Vanas explicaciones darán por justas las cartas
echadas por la casa de plata, más serán chafalonía,
sólo materia indigna de guiar hoy las riendas de
la tierra-madre-libro.
Cientos de tormentas no te hicieron tanto mal
como daño te hace la ambición desbocada y
carente de horizonte que te ciñe en estos días.
Miles de aves no te han extraído tanto
fruto y brote como esperanza hoy te quita
un puñado de señores desde estrados distantes.
Y seguro esperabas más valentía de quienes
anidaron a tu abrigo, entre arreos vespertinos y dorados trigos
Tal vez, tanta belleza de otoños y primaveras aburrió
sus mentes confundidas y sus corazones agotados.
Otros, que admiran desde afuera tu silueta ondulada,
tu abanico deslumbrante de colores y tus cientos de cantos alados
te defienden y pronuncian como si de su alma se tratase.
Santa Catalina, espejo vivo de nuestro interior,
brújula fiel de nuestro futuro, timón de la enseñanza noble:
en tu pradera de heno nos vemos reflejados,
en tu hojarasca enhiesta tejemos nuestra conciencia…
AADM

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